“La experiencia de la amistad frente a un mundo de trasformaciones”
Nos encontramos paradójicamente en un mundo en el que el hombre vive un proceso de autodestrucción, no es la máquina la que intenta reemplazar al hombre, sino el mismo hombre quien intenta hacer de la obra de sus manos su misma compañía, llegando incluso a abandonar la figura del amigo real, para remplazarlo por la figura del “amigo” virtual. Es aquí donde se hace preciso volver a la antigüedad y revisar las ideas que hasta hace muy poco prevalecían en nuestra sociedad y que hoy por hoy se han convertido en un dilema.
En este sentido he considerado importante revisar el concepto de Aristóteles, quien tiene la amistad en alta estima llegando a afirmar que: “sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes.”[1]
He aquí, a mi juicio que el concepto de Aristóteles sobre la amistad no sólo contradice de forma clara la idea del hombre que se está gestando en nuestra sociedad, sino que debería producir en él, el deseo de relegar la máquina a planos secundarios, y reconocer en el hombre el verdadero valor de la sociedad.
De otra parte Cicerón - uno de los máximos representantes de la cultura latina -, reafirma las palabras de Aristóteles, añadiendo el agrado que se siente por poseer amigos, así: “una vida abandonada y huérfana de amigos no podría ser agradable”[2].
No cabe duda de que Cicerón y Aristóteles consideran la amistad como uno de los máximos bienes espirituales, guiados por la virtud y naturales en el ser humano, por lo cual, tener amigos constituye para ellos el sumo bien que podía alcanzar el hombre y una razón para actuar justamente.
Reconozcamos en cambio, que alcanzar la amistad, no significa como lo propone el hombre posmoderno, “tener un mínimo contacto con el otro”, aún cuando no se le hubiese visto nunca. Sino que acceder a la amistad, significa tener un trato asiduo con el amigo llegando a convenir no sólo en las cuestiones humanas sino incluso en las divinas.
En este sentido aparece siglos más tarde San Agustín, quien asume la amistad como don de Dios, llegando a contradecir al mismo Cicerón, quien no admite que el ser humano deba amar al amigo como a sí mismo, con la afirmación de que quien ama a Dios se ama a sí mismo, y por consiguiente, ese amor que es dirigido a Dios es el mismo amor a los hermanos en quien se ve reflejado su rostro.
Es preciso reconocer entonces el carácter netamente Divino que le imprime San Agustín a la amistad, afirmando incluso que "ama verdaderamente al amigo quien ama a Dios en el amigo o por que ya está o para que esté en él"[3].
Desde este ángulo es tal el carácter máximo al que San Agustín eleva la amistad que llega a cuestionarse diciendo: "¿Qué consuelo nos queda en una sociedad humana como ésta, plagada de errores y penalidades, sino la lealtad no fingida, y el mutuo afecto de los buenos y auténticos amigos?"[4]; parece que San Agustín se adelanta ya en el siglo cuarto a nuestra época, ya que a pesar de estar ésta plagada de errores -como él la describe – prevalece la esperanza de encontrar en la amistad el mayor consuelo.
En consecuencia, habiendo reconocido en la antigüedad la amistad, como el mayor bien que el ser humano pueda poseer, podríamos afirmar que tanto el hombre como la mujer posmodernos están faltos del mayor bien dispuesto por Dios.
Puede afirmarse por tanto que los vestigios que permanecen en la actualidad de las concepciones antiguas sobre la amistad, aún nos hablan a los seres humanos que vivimos este periodo de trasformación, es por esto que no abandonamos en ningún sentido la idea de volver a encontrar en la amistad un consuelo frente a las dificultades que representan el paso del hombre a la máquina.
En la misma medida en que hombres y mujeres en la actualidad intentan trasformar la figura del amigo por la de una máquina, en épocas pasadas el hombre intentó trasformarse a sí mismo y a los demás en un instrumento del utilitarismo, tanto así que sólo se admitía el valor de la amistad en tanto se pudiera sacar de ella algún provecho en la mayoría de las veces materialista.
En esta medida son muchos los autores que han combatido este hecho y han querido alcanzar un proceso de humanización en el que se valore en tal medida al amigo, que se le atribuya el don de la amistad incluso a una fuerza sobrenatural.
En efecto el valor de la amistad intenta dar respuesta a un mundo maquinal que pone su atención en el materialismo y el utilitarismo, cediendo nuevamente el puesto de la máquina al hombre y trascendiendo el valor de la amistad hasta convertirla en una verdadera experiencia de Dios.
BIBLIOGRAFÍA:
ARISTÓTELES. Ética Nicomáquea. Ed. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid; 2000. Quinta edición.
AGUSTÍN, SAN. Sermones sobre los mártires, Sermón 336. Obras Completas XXV, Ed. Biblioteca de autores Cristianos (BAC). 1984, Madrid. Primera edición.
AGUSTÍN, SAN. La ciudad de Dios. Traducido por: Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero. Obras Completas, Ed. Biblioteca de autores cristianos (BAC). 2001, Madrid. Quinta edición.
CICERÓN, Marco Tulio. La amistad. Ed. Trotta.
VAN BAVEL, Tarsicio. Carisma: comunidad. Ed. Religión y cultura. Madrid; 2004.
[1] ARISTÓTELES. Ética Nicomáquea. Ed. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid; 2000. Quinta edición.
[2] CICERÓN, Marco Tulio. La amistad. Ed. Trotta.
[3] AGUSTÍN, SAN. Sermones sobre los mártires, Sermón 336. Obras Completas XXV, Ed. Biblioteca de autores Cristianos (BAC). 1984, Madrid. Primera edición.
[4] AGUSTÍN, SAN. La ciudad de Dios. XIX,VIII. Traducido por: Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero. Obras Completas, Ed. Biblioteca de autores cristianos (BAC). 2001, Madrid. Quinta edición.
En este sentido he considerado importante revisar el concepto de Aristóteles, quien tiene la amistad en alta estima llegando a afirmar que: “sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes.”[1]
He aquí, a mi juicio que el concepto de Aristóteles sobre la amistad no sólo contradice de forma clara la idea del hombre que se está gestando en nuestra sociedad, sino que debería producir en él, el deseo de relegar la máquina a planos secundarios, y reconocer en el hombre el verdadero valor de la sociedad.
De otra parte Cicerón - uno de los máximos representantes de la cultura latina -, reafirma las palabras de Aristóteles, añadiendo el agrado que se siente por poseer amigos, así: “una vida abandonada y huérfana de amigos no podría ser agradable”[2].
No cabe duda de que Cicerón y Aristóteles consideran la amistad como uno de los máximos bienes espirituales, guiados por la virtud y naturales en el ser humano, por lo cual, tener amigos constituye para ellos el sumo bien que podía alcanzar el hombre y una razón para actuar justamente.
Reconozcamos en cambio, que alcanzar la amistad, no significa como lo propone el hombre posmoderno, “tener un mínimo contacto con el otro”, aún cuando no se le hubiese visto nunca. Sino que acceder a la amistad, significa tener un trato asiduo con el amigo llegando a convenir no sólo en las cuestiones humanas sino incluso en las divinas.
En este sentido aparece siglos más tarde San Agustín, quien asume la amistad como don de Dios, llegando a contradecir al mismo Cicerón, quien no admite que el ser humano deba amar al amigo como a sí mismo, con la afirmación de que quien ama a Dios se ama a sí mismo, y por consiguiente, ese amor que es dirigido a Dios es el mismo amor a los hermanos en quien se ve reflejado su rostro.
Es preciso reconocer entonces el carácter netamente Divino que le imprime San Agustín a la amistad, afirmando incluso que "ama verdaderamente al amigo quien ama a Dios en el amigo o por que ya está o para que esté en él"[3].
Desde este ángulo es tal el carácter máximo al que San Agustín eleva la amistad que llega a cuestionarse diciendo: "¿Qué consuelo nos queda en una sociedad humana como ésta, plagada de errores y penalidades, sino la lealtad no fingida, y el mutuo afecto de los buenos y auténticos amigos?"[4]; parece que San Agustín se adelanta ya en el siglo cuarto a nuestra época, ya que a pesar de estar ésta plagada de errores -como él la describe – prevalece la esperanza de encontrar en la amistad el mayor consuelo.
En consecuencia, habiendo reconocido en la antigüedad la amistad, como el mayor bien que el ser humano pueda poseer, podríamos afirmar que tanto el hombre como la mujer posmodernos están faltos del mayor bien dispuesto por Dios.
Puede afirmarse por tanto que los vestigios que permanecen en la actualidad de las concepciones antiguas sobre la amistad, aún nos hablan a los seres humanos que vivimos este periodo de trasformación, es por esto que no abandonamos en ningún sentido la idea de volver a encontrar en la amistad un consuelo frente a las dificultades que representan el paso del hombre a la máquina.
En la misma medida en que hombres y mujeres en la actualidad intentan trasformar la figura del amigo por la de una máquina, en épocas pasadas el hombre intentó trasformarse a sí mismo y a los demás en un instrumento del utilitarismo, tanto así que sólo se admitía el valor de la amistad en tanto se pudiera sacar de ella algún provecho en la mayoría de las veces materialista.
En esta medida son muchos los autores que han combatido este hecho y han querido alcanzar un proceso de humanización en el que se valore en tal medida al amigo, que se le atribuya el don de la amistad incluso a una fuerza sobrenatural.
En efecto el valor de la amistad intenta dar respuesta a un mundo maquinal que pone su atención en el materialismo y el utilitarismo, cediendo nuevamente el puesto de la máquina al hombre y trascendiendo el valor de la amistad hasta convertirla en una verdadera experiencia de Dios.
BIBLIOGRAFÍA:
ARISTÓTELES. Ética Nicomáquea. Ed. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid; 2000. Quinta edición.
AGUSTÍN, SAN. Sermones sobre los mártires, Sermón 336. Obras Completas XXV, Ed. Biblioteca de autores Cristianos (BAC). 1984, Madrid. Primera edición.
AGUSTÍN, SAN. La ciudad de Dios. Traducido por: Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero. Obras Completas, Ed. Biblioteca de autores cristianos (BAC). 2001, Madrid. Quinta edición.
CICERÓN, Marco Tulio. La amistad. Ed. Trotta.
VAN BAVEL, Tarsicio. Carisma: comunidad. Ed. Religión y cultura. Madrid; 2004.
[1] ARISTÓTELES. Ética Nicomáquea. Ed. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid; 2000. Quinta edición.
[2] CICERÓN, Marco Tulio. La amistad. Ed. Trotta.
[3] AGUSTÍN, SAN. Sermones sobre los mártires, Sermón 336. Obras Completas XXV, Ed. Biblioteca de autores Cristianos (BAC). 1984, Madrid. Primera edición.
[4] AGUSTÍN, SAN. La ciudad de Dios. XIX,VIII. Traducido por: Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero. Obras Completas, Ed. Biblioteca de autores cristianos (BAC). 2001, Madrid. Quinta edición.

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